EL REVOLUCIONARIO Y COMBATIVO 1º DE MAYO

El 1º de Mayo, aunque para muchos es un día festivo, representa históricamente una jornada de lucha y combate de la clase obrera y todo el pueblo trabajador. Así debe ser asumido por el conjunto del movimiento obrero y sindical clasista, y por quienes correctamente identifican al proletariado como el sujeto histórico de la Revolución Socialista.

Durante más de un siglo, la burguesía y sus acólitos han pretendido ocultar el contenido clasista y revolucionario del 1º de Mayo, para lo cual muchas veces han sido ayudados por el sindicalismo reformista y patronal.

Es por ello, para elevar la conciencia y compromiso de las nuevas generaciones de trabajadores y trabajadoras, recordamos, dentro del movimiento obrero venezolano al cámara Hemmy Croes, uno de los más brillantes dirigentes sindicales comunistas.

Croes, siendo presidente de la Central Unitaria de Trabajadores de Venezuela (CUTV), fue asesinado el 3 de marzo de 1985, mediante autoría y organización de los peores enemigos del proletariado y de los comunistas, agentes al servicio del imperialismo yanqui.

Sirva esta referencia –y el ejemplo militante de cuadros como Hemmy Croes–, para incrementar las luchas por la emancipación de la clase obrera venezolana, que es la emancipación de todo nuestro pueblo.

Lo que aconteció aquel primer día de mayo de 1886

El 1° de mayo es la resultante de dos factores que conjugó el Movimiento Obrero Internacional: uno, la lucha de los obreros norteamericanos por conquistar las ocho horas como término de la jornada diaria de trabajo, que tuvo un hito trascendental el primero de mayo de 1886; dos, la decisión del Congreso Socialista Internacional de 1889, de realizar una jornada con fecha fija en todos los países por esos mismos objetivos, apoyándose en la coincidencia que permitía la iniciativa de los obreros estadounidenses, dispuestos a efectuar una nueva acción el primero de mayo de 1890.

Las luchas obreras por limitar el término de la jornada diaria de labor son tan remotas como la existencia misma del capitalismo, que durante sus primeros años imponía dieciséis y hasta veinte horas de trabajo diario a los obreros.

Las luchas de los explotados por reducir la jornada diaria, son inclusive, anteriores a la aparición del capitalismo. Y hasta hubo un monarca británico del siglo séptimo que hablaba de la conveniencia de repartir las 24 horas del día en tres porciones iguales: una para trabajar, otra para la recreación y la tercera para dormir.

Durante los siglos XVII y XVIII en Inglaterra, XVIII en Francia y comienzo del XIX en Estados Unidos, se conformó el régimen capitalista de producción en cada uno de esos países.

A comienzos del siglo el siglo XIX, tanto en Europa como en Norteamérica, aumentaron los combates por la rebaja de la jornada diaria, especialmente de los niños y las mujeres.

El Manifiesto Comunista, cuya redacción fue encomendada a Carlos Marx y a Federico Engels, publicado en febrero de 1848, planteó la necesidad de luchar por limitar la jornada diaria y la resolución del Congreso de la Primera Internacional (Asociación Internacional de Trabajadores), celebrado en 1864, concibió su duración conveniente en ocho horas.

En Estados Unidos, país donde habrán de transcurrir los históricos sucesos que dieron origen a la fecha que nos ocupa, la lucha por reducir el número de horas laborables cada día, conquistaba éxitos a medida que avanzaba el siglo XIX. Para ello la huelga había resultado un instrumento efectivo.

Por el año de 1868 una Ley Federal estadounidense estableció la jornada de ocho horas aplicable “a los jornaleros u obreros y artesanos que el Gobierno de los Estados Unidos ocupare en adelante”. Pero en los trabajos privados continuó laborándose once y doce horas diarias.

En 1884 (veinte años después del Congreso constituyente de la Primera Internacional, se realizó la IV Convención de la Federación de Oficios Organizados y Sindicatos de los Estados Unidos y el Canadá (que formarán a partir de entonces la American Federation of Labor).

Esa Convención tomó la resolución de que “ocho horas constituyen un día legal de trabajo desde el 1° de mayo de 1886”. Recomendó a las organizaciones obreras “hacer promulgar leyes conforme a esta resolución, efectivas a partir de la fecha indicada.

Los dos años que transcurrieron desde el momento en que se tomó tal acuerdo, hasta la fecha fijada para su aplicación, constituyeron el lapso preparatorio de las luchas por hacer efectiva la medida que debía imponerse a los patronos. Ese tiempo fue aprovechado para hacer intensa propaganda y agitación y se advirtió a los obreros que no aceptaran la reducción de la jornada si ésta venía aparejada a una disminución del salario.

La Gran Jornada

Finalmente llegó el momento. El 1º de Mayo de 1886 los trabajadores de las fábricas se echaron a la calle a una sola voz: ¡A partir de hoy, nadie debe trabajar más de ocho horas por día!

Aquel primer día de mayo hubo cinco mil huelgas e importantes manifestaciones en todos los grandes centros industriales norteamericanos.

La American Federation of Labor calificó el hecho como “el levantamiento que jamás había ocurrido en este país, con la incorporación de millares de trabajadores a las organizaciones existentes, cuando muchos hasta entonces habían permanecido indiferentes a la agitación sindical”.

Como era de suponer, frente a tan elevado ascenso de masas que ponía en peligro “sagrados intereses de los patrones”, la actuación de los cuerpos represivos del Estado burgués no se hizo esperar.

En Milwaukee los obreros arrojaron piedras a las oleadas policiales que los hostigaban produciéndose una descarga de fusilería que dejó sin vida a nueve trabajadores.

En Chicago la represión fue aún más sangrienta. Había sido éste el centro de la más poderosa agitación revolucionaria en los Estados Unidos.

La lucha se prolongó pasado el día primero y el tercer día unos ocho mil obreros se fueron a la fábrica de segadoras McCormick, donde trabajaba un grupo de esquiroles colocados allí por la patronal hacía cierto tiempo. La policía apareció sin tardanza arremetiendo contra la multitud que se defendió como pudo. Ese día hubo seis obreros muertos y más de cincuenta heridos.

Semejante masacre elevó la indignación de los trabajadores. Varios periódicos dieron parte del baño de sangre y uno de ellos publicó cosas como estas:

“La guerra de clases ha comenzado; al terror blanco le responderá el terror rojo… ¡A LAS ARMAS!”.

Grupos anarquistas (de gran influencia en los Estados Unidos para entonces), convocaron un mitin a celebrarse al día siguiente en la Plaza del Mercado del Heno (Haymarket).

El día 4 de mayo se congregaron en aquella plaza unas quince mil personas. Spies, Albert Parson y Fielden pronunciaron enardecidos discursos. Cuando concluyó el último de los oradores y la gente se disponía a retirarse apareció de pronto la policía.

Estalló una bomba. Cayeron sesenta policías, dos murieron en el acto y otros seis posteriormente. Los sobrevivientes de la policía rápidamente reforzados por contingentes apostados en las cercanías, comenzaron a disparar sobre los obreros que aún permanecían en la plaza. Los trabajadores muertos fueron tantos que nunca ha podido conocerse su número exactamente.

Chicago quedó bajo estado de sitio y el ejército ocupó durante varios días las barriadas populares. Centenares de personas fueron apresadas y sometidas a severos interrogatorios.

Se constituyó un jurado meticulosamente seleccionado. ¡La justicia debía ser impartida de manera ejemplar! Claro está, se trataba de juzgar a los obreros y los jueces los designaba la burguesía.

El “juicio” resultó sin embargo una valiente contra-acusación de la clase obrera a la burguesía. Las palabras de los “enjuiciados” fueron para condenar a sus verdugos, para resaltar las razones de clase que animan a los obreros en sus protestas, para destacar lo justo de sus exigencias. Una viril requisitoria contra el sistema de explotación del hombre por el hombre, llena de fe en la causa del proletariado.

 

Pero el veredicto (no podía ser otro) fue condenatorio. Spies, Parson, Fischer y Jorge Engels recibieron condena a muerte. Para Fielden, Schwab, Ling y Neeb la sentencia señaló cadena perpetua.

Así, pues, el veredicto fue condenatorio. Spies, Parson, Fischer y Jorge Engels recibieron condena a muerte. Para Fielden, Schwab, Ling y Neeb la sentencia señaló cadena perpetua.

El 11 de noviembre de 1887, en horas de la mañana, los condenados fueron asesinados en el patio de la prisión, mientras las tropas contenían a la multitud congregada en las cercanías.

La clase obrera con sus luchas y a costa de la vida de muchos de sus hijos, había impuesto la jornada de ocho horas; pero los patronos no se daban por vencidos y hubo necesidad de continuar los combates para extender tal conquista, a todos los rincones de Norteamérica y al resto del mundo.

El Primero de Mayo Día Internacional de Luchas Obreras

Habían pasado algo más de tres años de aquel histórico mayo de 1886, cuando en junio de 1889 se efectuaron en París dos Congresos Internacionales Socialistas al mismo tiempo. Uno de ellos reunido en la calle Lancry y el otro en la sala Pétrelle. El primero más representativo sindicalmente por el número de organizaciones que enviaron delegados; el segundo lo era en cambio por las personalidades y el pensamiento que agrupó.

Ambos se pronunciaron por la jornada de ocho horas. En el de la sala Pétrelle (que recibiera el epíteto de marxista), además de reafirmar el criterio de que “ocho horas deben constituir legalmente un día de labor para los obreros”, se aprobó la histórica resolución que convirtió el 1° de mayo como Día Internacional de la clase obrera y que dice así:

“Se organizará una gran manifestación internacional con fecha fija, de manera que, en todos los países y ciudades a la vez, el mismo día convenido, los trabajadores intimen a los poderes públicos a reducir legalmente a ocho horas la jornada de trabajo y a aplicar las otras resoluciones del Congreso Internacional de París. Visto que una manifestación semejante ya ha sido decidida por la American Federation of Labor para el primero de mayo de 1890, en su Congreso de Saint Louis, se adopta esta fecha para la manifestación internacional”.

Y más adelante agrega: “Los trabajadores de las distintas naciones llevarán a cabo esta manifestación en las condiciones impuestas por la especial situación de su país”.

De esta manera quedó establecido el 1º de Mayo como Día de la Acción Unida y Combativa de los trabajadores del mundo por sus objetivos comunes.

Federico Engels, ya viejo, escribió aquel mismo día desde Londres: “La Internacional está más viva que nunca y de ello no hay mejor testimonio que la jornada de hoy. En el momento que escribo estas líneas el proletariado europeo y americano pasa revista a sus fuerzas militantes movilizadas, y es la movilización de un ejército único, que marcha bajo una bandera también única y tiene un objetivo próximo; la fijación por la Ley de la jornada normal de ocho horas. El espectáculo a que asistirán hoy hará ver a los capitalistas y a los terratenientes de todos los países que, en efecto, los proletarios de todos los países están unidos”.

Concluyendo Engels de esta manera:

“¡Por qué no estará Marx a mi lado para ver esto con sus propios ojos!”

Prensa: INPSASEL

Alberto Vargas

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